CONCILIO EVANGÉLICO DE LAS
IGLESIAS MISIONERAS ASAMBLEAS CRISTIANAS

La importancia de la cultura en el cristianismo

Las iglesias evangélicas han sido, y son, muy activas en la labor de testimonio y evangelismo, centrados en la salvación del individuo, del alma de la persona, ignorando otras dimensiones de la persona, que forman parte integrante de ella, como es su capacidad cultural; capacidad cultural que se manifiesta en el cultivo de la tierra y la domesticación de los animales; en el arte en todas sus formas; en las letras y el pensamiento; en la ordenación racional y técnica de lo que le rodea y en el gobierno de la sociedad. Si las iglesias quieren ser fieles a su misión de alcanzar a toda la persona y promocionarla así a realizar lo mejor de sí misma en el encuentro y experiencia redentores con el fundamento último de su ser, con el salvador de su existencia perdida, con la fuerza que le impele a ser cuando da todo por perdido, tienen que comenzar a integrar la cultura en la fe.

La cultura como rasgo distintivo del hombre

Antes de nada me gustaría hacer tres precisiones fundamentales sobre la cultura y su naturaleza, qué es y qué la hace posible, de modo que podamos captar aquellos elementos que la hacen susceptible de ser interpelada por el evangelio.

Primero, la cultura, no la técnica, es lo que nos diferencia de los animales. Si fuese por técnica los animales nos superarían con diferencia. No la inventan, nace con ellos; no consiste en herramientas externas, la llevan incorporada: garras, corazas, colmillos, pieles térmicas, automoción, vuelo, camuflaje, orientación. El ser humano nace indefenso, incapacitado para valerse por sí mismo. Nace como un aborto, sin completar. Al nacer, el cerebro no está totalmente cerrado, está abierto, como un signo de apertura a impresiones y conocimientos siempre nuevos; como una vida que tiene que formarse a sí misma y completarse en la transcendencia.

Segundo, no hay pueblos incultos en el planeta, por más “primitivos” que sean. Hasta los más aguerridos y violentos, han reconocido el valor de la cultura. Los asirios, que han pasado a la historia como un pueblo rematadamente cruel, dieron muestras de un arte muy logrado[1]. En el palacio de Asurbanipal en Nínive, se encontró en el siglo XIX, año 1847, los restos de una de las bibliotecas más grandes de la época. En total 22.000 tablillas, la colección más completa que se conoce de escritura cuneiforme. En ellas pueden encontrase los temas más diversos: gramática, diccionarios, listas oficiales de ciudades, tratados de matemáticas y astronomía, libros de magia, religión, ciencias, arte, historia y literatura. Una de las obras más famosas de esta biblioteca es el Poema de Gilgamesh, considerada como la obra narrativa más antigua de la humanidad.

Tercero, la cultura guarda relación con el ocio, el tiempo libre. Por eso comienza propiamente con la revolución agraria. Anteriormente el hombre estaba demasiado ocupado con la supervivencia como para desarrollar algo más que un rudimento de cultura. La revolución agraria produce por primera vez en la historia excedentes de alimentos, no demasiados, pero suficientes como permitirse el lujo de dedicar unos cuantos hombres al saber, liberados de realizar las faenas del campo y el trabajo manual para dedicarse a actividades intelectuales. Al principio serán sacerdotes, personajes que no sólo tenían que ver con la religión, con el rito y las ceremonias, sino con la administración y el calendario que regulaban el monto de las cosechas e indicaban las mejores fechas para plantar. Con ellos se originó la astronomía.

Hay que ilusionar a la gente con la teología, que es don del Espíritu y ciencia divina. Para ello hay que comenzar a integrar mente y corazón. Poner mente en el corazón y corazón en la mente.

Las iglesias tienen que invertir más en educación. No pueden eludir esta cuestión, pues la nota característica del ser humano al que el Evangelio se dirige es un ser esencialmente cultural. No digamos somos pobres: se gastan cantidades ingentes de dinero para organizar actos al modo del mundo, alquilando estadios y trayendo estrellas del panorama religioso.

No lo olvidemos, la cultura es una cuestión social; la injusticia y la desigualdad social es el origen de la desigualdad intelectual. Esto se debe combatir por todos los medios. “Nosotros los latinoamericanos —decía José Martí—, hemos sido menos afortunados en educación que pueblo alguno”[4]. ¿No debería el cristianismo contribuir a remediar ese mal? El cristianismo nunca ha sido indiferente a la suerte de un pueblo, a sus luchas y tragedias. El cristianismo está por el desarrollo integral de la persona, por la promoción de la persona. Mediante la fe le devuelve la dignidad arrebatada por el pecado y por los poderes de iniquidad de este mundo, y le coloca en la senda de la verdad para que viva en libertad y progreso constante mediante al amor a Dios y al prójimo.

Las instituciones de enseñanza superior, las universidades, no deben ser una tarea ajena a la misión de las iglesias que comprendan que la integración de la cultura en la fe es una exigencia de la fe. “Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida»[9]. La fe que el cristianismo proclama es una fides quaerens intellectum, una fe que busca comprender, una fe que cree en la regeneración del corazón y también de la mente, una fe que no da la espalda a la inteligencia sino que la llama como su don más preciado.

Alfonso Ropero es autor y editor general de Editorial CLIE

Entre sus principales obras se encuentra:

Introducción a la Filosofía , Editorial CLIE

Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia , Editorial CLIE

Por Alfonso Ropero

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